Porqué el método Konmari no es para todos (y no pasa nada)

Hace unos pocos días, durante un bien merecido descanso para el café de turno, una compañera de trabajo me preguntó emocionada si había oído hablar de Marie Kondo. Lo cierto es que ya sabía de su existencia, pero de no haber sido así todo Twitter se habría encargado de ponerme al corriente, tales son las filias y fobias que el programa ha despertado.

El 1 de enero, con el estómago lleno de cava y chocolate Corné Port-Royal que la familia nos había traído de Bruselas, asistí al estreno de ¡A ordernar con Marie Kondo! Debo admitir que aunque en términos generales era vagamente consciente de la filosofía expuesta en sus libros, no estaba enterada de la complejidad del proceso en sí mismo, que Netflix adereza con la esperada dosis de dramatismo televisivo.

Mi compañera, según me dijo, se ha revelado como toda una conversa del método Konmari, y espera con entusiasmo poder evangelizar a la mayor cantidad posible de gente desordenada. “Tenemos demasiadas cosas –observó−, ¡así nadie puede ser feliz!” Y aunque no pude si no estar de acuerdo con la primera premisa, la segunda sembró en mi mente la sombra de una profunda duda.

Aproximadamente hace cosa de un año, paseaba con mi hermana por Tokio admirando los escaparates exquisitamente diseñados de Omotesandō, las tiendas de segunda mano que pueblan los estrechos callejones de Harajuku, las interminables pop up stores de Shibuya; en cierto punto nos sentamos en un pequeño café y le pregunté conmocionada y fascinada a partes iguales por la escandalosa cantidad de saldos que habíamos visto. Indagué (con esa candidez de los niños y los ignorantes) sobre las tiendecitas de bolsos de diseño que se amontonaban a la salida de algunas estaciones de metro céntricas y cuyos precios, creía yo, podían sólo corresponder a unas copias fantásticamente logradas. Recuerdo que me sonrió para luego explicarme con paciencia que, en realidad, tanto los bolsos de Louis Vuitton como los vestidos de Anna Sui que colgaban desangelados de aquellas perchas eran tan auténticos como mi ansia desmedida por el sushi local.

Imagina –me dijo− una sociedad en la que el espacio es cada vez más escaso pero la necesidad de demostrar tu estatus social más grande. Deben verte siempre impecablemente vestido, pero no con lo mismo muy a menudo. Imagina además que el valor de una inversión desciende en cuanto sale de la tienda y que cualquier defecto por el uso lo elimina por completo. Imagina que en tu casa de 30 metros cuadrados las cosas se acumulan, y debes deshacerte de ellas para hacer espacio a otras nuevas. No hace falta imaginarlo, porque no es una distopía futurista. Es aquí y ahora.”

Esta respuesta me sorprendió por parecer completamente contraria a la idiosincrasia nipona clásica, presente en conceptos como el Kintsugi. Dicha técnica japonesa consistía en rellenar las grietas de una pieza de cerámica con oro, plata o platino espolvoreados sobre un barniz. La filosofía tras este gesto radicaba en embellecer las imperfecciones del objeto en lugar de eliminarlas, otorgando valor a su historia. Al pasar a rechazar la imperfección de sus pertenencias, la sociedad japonesa parece darle la espalda a la tradición, cerrar las puertas a su pasado para abrazar la ola occidental.

En mi opinión, este ciclo de consumo se ha desvelado como el último escalón del capitalismo más salvaje. El minimalismo, por tanto, parece el antídoto natural. En la filosofía de Marie Kondo no hay, sin embargo, tanto un planteamiento de resistencia social como de reformulación espiritual: el concepto del desapego emocional, de dejar ir, profundamente arraigado en la idiosincrasia budista.

A priori todo ello parece una reacción natural de defensa, similar a la tos que nos provoca una alergia. Acumulamos demasiadas cosas. Nos provoca angustia. Nos deshacemos de ellas. Simple e higiénico. Pero esta idea parte de una premisa un tanto reduccionista, el concepto de que nuestras pertenencias se adquieren siempre de manera descorazonada y que por esta falta de alma el poseedor se transforma automáticamente en poseído. No puedo defender la inexistencia de este fenómeno. De hecho, ni siquiera puedo decir que se trate de una anomalía. Pero como abogada de las causas perdidas, en conciencia, no puedo tampoco estar completamente de acuerdo (señores del jurado, pónganse cómodos, vamos a estar aquí un rato).

El error de suponer que, como sostiene Marie Kondo, tener menos nos hace más felices parte principalmente de dos ideas: que compramos por presión social o sistémica y que por tanto estos objetos no pueden hacernos felices. ¡Tiene usted demasiados tupper, levante las manos y aguarde a que llegue la policía del minimalismo! Pero ¿qué pasa si se rompen estas normas?

Como casi todo el mundo, a lo largo de mi vida he conocido a apasionados de los discos, los libros, la moda. Personas para las que conseguir esa rara edición ilustrada o ese viejo vinilo constituye un acto de liturgia. Estas personas, desde luego, no compran los objetos por mero hastío existencial, sino que priorizan su adquisición a fin de integrarlos en sus colecciones personales. A pesar de ello, probablemente Marie Kondo se horrorizaría al saber que un amigo de la universidad guarda en un álbum las etiquetas de cierto champán junto a los billetes de avión de las ciudades en que había brindado con sus amantes, sus hermanos y sus amigos. Algunos lo llamarían fetichismo. Otros, nostalgia.

La imagino entrando en el Louvre con los brazos en jarras, sonriendo un poco para después decir con tono acusador: “Aquí hay demasiados cuadros, ¡así nadie puede ser feliz! Sólo treinta pinturas, por favor.” A continuación, con bastante seguridad, procedería a descolgar la Mona Lisa con alegría y arrojarla al contenedor de los desperdicios.

Durante mis muchos años de nomadismo con la casa siempre a cuestas, aprendí a priorizar la cantidad de cubiertos o de libros impresos que uno puede llevar consigo. Tengo tanta práctica guardando mis pertenencias en cajas de cartón que podría patentar mi propio método y cobrar a Netflix por hacer otro programa con él. Sin embargo, sigo visitando sin remordimientos los anticuarios de las ciudades que visito, los sótanos polvorientos de segunda mano y las tiendas de temática vintage. Y cada uno de los objetos que rescato, lo confieso sin rubor, me hace completamente feliz.

Si mañana la buena de Kondo viniese a mi casa se llevaría un buen disgusto, eso os lo puedo asegurar. No por el desorden − ya que todo se mantiene organizado con más cariño que pulcritud − sino por el completo fracaso de su filosofía simplificadora (que más bien roza lo simplón). Al decirme que escoja cuál de los 40 vestidos que descansan en el armario me hace feliz, tendría que encogerme de hombros y decirle que de hecho, cada uno lo hace a su manera. Al fisgonear en el armario de la porcelana, tendría que contarle cómo en aquel primer viaje por Europa era aún muy pobre para comprar el cristal bohemio que quería y como sucesivos viajes a Budapest han ido compensando aquella primera decepción a base de pequeñas tazas talladas a principios del siglo XX.

Si hoy me encontrase con ella, la invitaría a beber té en una de esas tazas, nos sentaríamos descalzas en la terraza y le explicaría con cariño que en ocasiones los objetos no son solamente eso, sino recuerdos del viaje que iniciamos al dejar simplemente de existir y empezar a transformarnos en las personas que llegaremos a ser.


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